La campaña realizada en Irlanda para erradicar la fiebre aftosa, a raíz del primer brote registrado en el país desde 1941, culminó con éxito gracias a cuatro factores principales: – la buena disposición de los ganaderos de Cooley a sacrificarse en aras del interés nacional; – las rápidas y decisivas medidas adoptadas en cuanto se declaró el brote; – la localización geográfica de los brotes de Meigh y Proleek, que permitió a las autoridades instituir un eficaz cordón sanitario y regionalizar esa zona, salvaguardando así las exportaciones del resto del país; – la conciencia y el espíritu de colaboración que prevalecieron en todas las instancias del país, desde el Gobierno al ciudadano de a pie, y la consiguiente voluntad de hacer todo lo necesario para mantener a la fiebre aftosa fuera de Irlanda.  El autor refiere, desde el punto de vista de un ganadero, la historia del brote de fiebre aftosa que se declaró en Irlanda en 2001, empezando por el primer caso confirmado en Meigh (Condado de Armagh), pasando por los casos de Proleek y los sacrificios sanitarios y examinando por último las secuelas del brote y sus consecuencias en cuanto al pago de indemnizaciones y primas de seguros, el drama humano que supuso (y sigue suponiendo) y las enseñanzas extraídas de la experiencia. Para prevenir nuevos brotes de fiebre aftosa en Europa es preciso reconsiderar una serie de cuestiones de importancia en materia de política agrícola, tanto en el plano nacional como de la Unión Europea. En lo que a Irlanda se refiere, es menester evitar que Irlanda del Norte y la República de Irlanda por un lado y Gran Bretaña e Irlanda del Norte por el otro vuelvan a hallarse en situaciones dispares con respecto al estatus sanitario. La enfermedad llegó a penetrar en Irlanda debido a la existencia de lagunas normativas. Con la colaboración de los ganaderos y de todos los ciudadanos, el Gobierno irlandés se enfrentó con éxito a la crisis en cuanto surgió.